18 junio, 2019

Reseña #339. El guerrero nº 13, de Michael Crichton

Portada de El guerrero nº 13 de Michael Crichton, en la que aparece Antonio Banderas como Ibn Fadlan como fotograma de la película homónima.

El guerrero nº 13


Título original: Eaters of the dead
Traductoras: Lucrecia Moreno de Sáez, María José Sobejano
Editorial: Debolsillo
Páginas: 336
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788497594660
Precio: 8'00€

Sinopsis

Ibn-Fadlan, emisario árabe que durante el año 921 se encontraba ejerciendo labores diplomáticas en Europa, es secuestrado por un grupo de guerreros vikingos y coaccionado a formar parte de su fuerza de combate en una expedición de misteriosa naturaleza. El erudito musulmán, que acaba por desarrollar un fuerte vínculo con sus compañeros norteños, deja testimonio escrito tanto de las costumbres que llega a conocer de primera mano como de los increíbles, y a veces espeluznantes, hechos que atestigua en su aventura. Mostrando un doble choque cultural, el relato a veces puntilloso y detallista, a veces deslavazado y lleno de maravilla y pavor, que Ibn teje sobre sus experiencias dan la base a un libro que, de hecho, va más allá.

Utilizando la figura histórica de Ibn-Fadlan, quien realmente existió y confraternizó con el pueblo vikingo, Chrichton trama una estructura en forma de manuscrito encontrado, en que pretende hacer un estudio antropológico y científico sobre el contenido del mismo, ofreciendo explicaciones racionales a los hechos aparentemente sobrenaturales y fantásticos que se narran en el documento medieval. Ocultándose por tanto a sí mismo como secreto constructor de toda la trama, crea uno de los artefactos metaliterarios más originales de la historia del medio.

Reseña

Un curiosísimo constructo literario que, a modo de falso estudio, aborda de formas novedosas una historia de aventuras, y cuyas explicaciones realistas de los clichés comunes del género dan una agradable vuelta de tuerca a lo esperable en ella.


La anécdota sobre el título de esta novela es tan estrambótica que se roba el primer puesto de la reseña. Y es que El guerrero nº 13 (The 13th warrior en el original) es, realmente, el título que el veterano director de cine John McTiernan, especialista en el terreno de la acción y artífice de algunas de las mejores producciones del género (La jungla de cristal, La caza del Octubre Rojo), dio a su película basada en el libro que hoy toca analizar. Al parecer, los editores pensaron que aprovecharían mejor el tirón de la película para vender la obra si cambiaban su muy morboso, aunque más ajustado al original, título primigenio en español, Devoradores de cadáveres (de Eaters of the dead, "los que se comen a los muertos"), por el de la película cuando ésta se estrenó. Tristemente la treta no funcionó demasiado, pues la cinta pasó sin pena ni gloria y cayó rápidamente en el olvido, y el propio libro hoy día se encuentra descatalogado y es muy difícil de adquirir, cosa grave viniendo de un autor mundialmente famoso y con tantos best-sellers a sus espaldas.

Toda una lástima por ambos lados. Si se me permiten unas pocas palabras sobre la película, ésta tiene bastantes virtudes y desde luego resulta muy entretenida, aligerando un poco la obra literaria y dándole un tono de aventura pura. El diseño de producción, además, es notablemente bueno para la época, y hay que destacar de forma especial la interpretación de su protagonista, Antonio Banderas, que encarna a un Ibn-Fadlan creíble y tridimensional. Es menester reseñar, por último, que el propio Crichton estuvo involucrado en el film como coproductor y y coguionista, siendo por tanto una de las obras en que más implicado estuvo (descontando, claro, las películas que él mismo dirigió).

En cuanto a la lástima respecto al destino del libro, hay toda una plétora de motivos que voy a tratar de desgranar aquí. El primero tiene que ver con la relación del libro respecto al grueso de la producción de su autor. Michael Crichton, reconocido universalmente como el padre del tecnosuspense, estaba particularmente obsesionado por que todo en sus ficciones tuviese una base científica mínimamente creíble, para reducir lo más posible la suspensión de la incredulidad que acaba por producirse en novelas de ciencia ficción, bélica o suspense, sus puntales predilectos. Para ello contaba con una formación brutal para un hombre de letras: graduado en Medicina y Biología, y titulado por el prestigiosísimo Instituto de Tecnología de Massachusetts, se cuidó también de contar con una muy extensa base científica a la hora de desarrollar sus novelas, lo que llevó a mucha gente a creer que sus teorías eran posibles: véase el caso de la intuición de Jurassic Park, popularizada por la saga de películas, de poder clonar animales extintos gracias a ADN preservado en ámbar fósil, que durante mucho tiempo se creyó como plausible entre amplios sectores de la población.

Bosque oscuro y con niebla en el que se observan figuras antropomorfas con cuernos de bufalo.

«Hay demasiadas cosas que el hombre ignora. 
Y todo lo que el hombre ignora pertenece al dominio de los dioses.»

Sin embargo, su titulación principal fue un grado summa cum laude en Antropología, campo de conocimientos que aprovecha de manera muy subrepticia en otra de sus creaciones, Congo, pero que supone el corazón mismo de la novela que hoy analizamos. Esto indujo un alejamiento de los profusos datos científicos y tecnológicos que pueblan buena parte de su producción, para adentrarse en un análisis marcadamente cultural e historiográfico. Y es que El guerrero nº 13 ha de leerse, si uno anula voluntariamente su capacidad de juicio respecto al origen ficcional de toda la historia, como un tratado doble de antropología. Por un lado, tenemos el propio manuscrito de Ibn Fadlan, quien, como hombre docto y civilizado de su época, escribe sobre sus vivencias y las costumbres de sus anfitriones en un tono de crónica realista, emitiendo juicios analíticos sobre los objetos de su fascinación. En un nivel superior, encontramos el análisis que un supuesto estudioso moderno hace sobre el testimonio de Fadlan, llenando los huecos que el cronista original deja debido a su imposibilidad de conocer esos datos en su época, y elaborando una compleja teoría que explica completamente las increíbles vivencias de las que fue testigo. Así, el manuscrito central está rodeado por un una introducción y un apéndice escritos desde un punto de vista moderno, y se halla también profusamente acotado por notas a pie de página que introducen datos y aclaraciones de todo tipo. Es en este nivel de subtexto donde más podemos apreciar el dominio del tema de Crichton, quien tira de estudios de anatomía comparada y etnopaleontología con tal de cohesionar toda la historia y justificarla por entero.

Doble es, también el choque cultural que sufre Fadlan en la historia central. Forzado en un principio por una expedición vikinga a formar parte de la misma, acaba sin embargo formando estrechos lazos con sus compañeros, especialmente con su líder, Buliwyf. Este contacto con unas costumbres y un modo de ver la vida completamente alienos a los de su cultura musulmana se acentuarán cuando, por fin, la expedición llegue a su destino: las tierras de Rothgar, acosadas según rumores por las predaciones de unos demonios nocturnos que los vikingos llaman wendol. Cuando Fadlan presencia, asombrado, que la existencia de dichas criaturas es real, la fascinación hallada en su relato no deja de crecer. Cuenta las extraordinarias costumbres de estos seres, que solo aparecen en noches cerradas y neblinosas, atacan con extraordinaria ferocidad y jamás dejan un solo cadáver de un camarada caído en el campo de batalla. Así, pese a su perplejidad inicial, acaba por ser no sólo retratista de los bárbaros vikingos, sino también de los aún más salvajes y primitivos wendol, a los que acaba por conocer bien siguiendo la campaña de sus compañeros en pos de aniquilar a esas criaturas.

Fotograma de la película El guerrero nº 13, en el que se ve un vikingo rubio vistiendo pieles y portando un casco de metal, plateado.
Fotograma de la película «El guerrero nº 13»
«Los animales mueren, los amigos mueren, y yo habré de morir, pero hay algo que nunca muere, 
y eso es la reputación que dejamos tras nuestra muerte.»

He aquí, pues, la gracia de la novela. No voy a revelar al lector la explicación que se da sobre la verdadera naturaleza de los wendol, pero sí puedo adelantar que es perfectamente plausible y se halla bien justificada. Nos encontramos, por tanto, ante dos visiones tremendamente distintas de unos mismos hechos pero, pese a ello, nada antitéticas, que trabajan entre ellas para generar, a la vez, una emocionante historia de aventuras repleta de acción y maravilla, y una muy sesuda y realista explicación a esa maravilla. Sin embargo, lejos de aniquilar la atmósfera de emoción y magia que se desprende de las andanzas de Fadlan y el grupo de vikingos, estas explicaciones científicas no hacen más que amenizar y expandir el contenido de la crónica central. No existe, por tanto, merma alguna: estamos ante una perfectamente entretenida novela de aventuras que, además, crea en torno a sí misma una magnífica urdimbre de datos explicativos de gran interés.

Para ello, Crichton hace uso de diversas voces muy marcadas a lo largo del relato, tanto para el propio Ibn o sus compañeros cuando éstos intervienen directamente, como para el analista que estudia los hechos de la crónica hallada. Esta maestría a la hora de dotar de una expresión reconocible a interventores tan distintos en su ficción es lo que, a mi ver, ensalza la mano del autor en esta novela. La perfección formal con la que ésta se desarrolla, unida a la originalidad de la trama, hace de esta novela corta y fácil de leer una experiencia tridimensional y digna de recuerdo, perfectamente a la altura de títulos más famosos salidos de su pluma. Los amantes de la novela histórica encontrarán, también, una muy detallada e históricamente exacta descripción de la idiosincrasia de los pueblos de la época, especialmente el vikingo, basada en ensayos y estudios reales cuya bibliografía puede encontrarse referida al final del libro.

Foto de Michael Crichton, persona caucásica entrada en años, con gafas y ojos azules.
Fotografía de Michael Crichton
«He aquí que veo a mi padre, he aquí que veo a mi madre, a mis hermanas y mis hermanos. 
He aquí que veo el linaje de mi pueblo hasta sus principios. 
Y he aquí que me llaman, me piden que ocupe mi lugar entre ellos, en los atrios de Valhalla, 
el lugar donde viven los valientes para siempre.»

Dejo, pues, aquí para vuestra consideración esta obra injustamente olvidada de uno de los escritores contemporáneos más queridos por el gran público. Como dije, cuesta de encontrar, pero vale la pena tratar de hallarla y experimentarla, porque es prácticamente única en su género, y es difícil hallar algo que se le asemeje siquiera remotamente. Un híbrido perfecto entre la literatura de evasión y la científico-divulgativa, escrito con gran habilidad y repleto de personajes complejos, interesantes y humanamente atractivos. Apuesto a que, quien logre echarle el guante, reconocerá tras terminarlo que la búsqueda ha valido de sobra la pena.

2 comentarios:

  1. Hola!!
    Lo apúnto se genial el libro, gracias por la reseña.
    Besos💋💋💋

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    Respuestas
    1. Gracias a ti como siempre por compartir tus impresiones. El libro, y la película también, son una gozada, los recomiendo encarecidamente.

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